lunes, 24 de noviembre de 2014

El dueño de casa

El dueño de casa es blanco, musculoso, y bastante dormilón. Me tiene de sirviente. A tal hora la comida y bebida fresca. A tal hora que lo cepille y a tal hora que lo venere y lo acicale un poco. Srgt. Pepper, se hizo cargo de la situación en algún momento y su golpe de estado fue tan sutil que lo aplaudí o lo asentí voluntariamente. Él me dejó conservar la habitación grande, con la cama de dos plazas, pero tiene acceso preferencial y puede a voluntad participar en cualquier situación sexual, principalmente ser voyeur, pero con gracia, gracia felina. No osa participar surtiendo de sadomasoquismo el lugar aplicando uñas a lo que se mueva.
Exije respeto. Nadie puede sentarse en su parte del sillón y reclama fielmente su parte de mis plantas. Yo creo que me compró por ser tan marxista leninista de primera ola, y porque me reclama que me ando aburguesando adelante de la computadora. Me araña la pierna antes de subirse y después ronronea hasta quedarse dormido. El dueño de casa, todo un caso. Se baña todos los días, solo para fijar un standard. Me reclama modales, y se para en sus patas traseras para comer carne de la mesada. ¡Es el Gran Hermano! No me deja solo. Me espera cuando salgo, se me frota cuando llego, para el siempre es Domingo.  Duerme al sol, vaga por el departamento a la noche, tan bohemio, tan urbano. Se sienta sobre la biblioteca y me observa leer, o escribir, y me contesta, a cada pregunta que le hago. Yo lo entiendo, porque ya fui gato y ya fui loco. Y el dueño de casa, casi siempre tiene razón.

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