lunes, 24 de noviembre de 2014

La sorpresa de Sartre-página final

(...)Aflojamos el vidrio y usamos unas poleas que tuvieron la mala suerte de romper la claraboya del techo. Por suerte esto no fue hasta que quisimos sacar todo. Rompimos el cajón con un hacha de mano, yo me asqueé del olor a humedad putrefacta, hongos y descomposición de carne, pero no pude ocultar la sensación que me provocó verlo a Perón, en el sueño eterno, su uniforme verde y su rosario de jade que tan malos recuerdos me traían. Una rara mezcla de admiración, y resentimiento. Odiaba lo que nos había hecho. Odiaba el rumbo que había tomado el país. Sin pensarlo dos veces, el doctor empezó a cortar las manos con un bisturí, pero al ver que tardaba mucho, agarró la amoladora de mano y terminó así en un pris su trabajo. Antes de juntar todas las cosas, e irnos, nos llevamos el Sable, y el Funebrero volvió en el último momento a buscar en los laterales del cajón, para llevarse la carta de Estela. Lorenzo y yo al fiat 600, el Doctor y el Funebrero se fueron a pie cargando el sable en un portamapas y las manos en un tupperware, para evitar el olor. Aun estoy seguro de que si alguien vio algo, no le interesaba salir a averiguarlo. Volvemos al Torino y buscamos al funebrero y al doctor. Solo que el funebrero y el doctor no estaban. Nunca más, ni una señal de ninguno. Yo me volví al otro dia, en tren, con algunas cosas para vender acá en nuestra provincia. Tu tío Lorenzo me hizo prometer no hablar de esto con nadie, pero escribir, es otra cosa. Veinte años después, ya nadie rescata a Perón, y todos aman a Evita. Merezco que al menos mi hijo, sepa que clase de hombre fue su padre y que sienta en la destrucción del ídolo, la construcción del pueblo. No se lo muestres a nadie, esta historia, vive y muere con nosotros. Tu padre Gustavo.

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