lunes, 24 de noviembre de 2014

Pena Pampeana

Habiendo perdido el poncho y el estribo, se arrumaba entre sus calchas y el ombú. Medio malhumorado, de poca gana y con frío, sin contar que de alimento, había tenido unos pancitos. Se puso a pensar en las ovejas, y se puso a pensar en el río. Y medio adormecido, pudo sentir su ira elevarse con el rocío. Su montura, un petiso alazán de nombre Caramala, manducaba pasto y se movía con poco ruido sobre las pampas. Lejos, al sur, esperan en un rancho viejo, una mujer que aguarda por remedios. Su único hijo, Alfonso, ahora sin poncho, trata de dormir. Algo lo levanto de las narices, y supo que tenia que salir. Entre dormido y sintiéndose culpable, se subió al Caramala y rumbeó para el rancho. Recordó cómo perdió el poncho y antes del poncho la plata en el carpincho, por borracho y jugador, se quejó en el mostrador hasta que se vació todas las vasijas. Quedo solo en el rincón y lo echaron de la cantina. Ahí nomas le sacó el facón y la cosa termino en riña. Así fue que perdió el poncho. Y sollozando volvía. Cuando llegó ya era tarde, la mujer muerta yacía en su lecho, nada que hacerse, nada que verse, solo el Alfonso, que llena de lagrimas las vasijas.

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