El dueño de casa es blanco, musculoso, y bastante dormilón. Me tiene de
sirviente. A tal hora la comida y bebida fresca. A tal hora que lo
cepille y a tal hora que lo venere y lo acicale un poco. Srgt. Pepper,
se hizo cargo de la situación en algún momento y su golpe de estado fue
tan sutil que lo aplaudí o lo asentí voluntariamente. Él me dejó
conservar la habitación grande, con la cama de dos plazas, pero tiene
acceso preferencial y puede a voluntad participar en cualquier situación
sexual, principalmente ser voyeur, pero con gracia, gracia felina. No
osa participar surtiendo de sadomasoquismo el lugar aplicando uñas a lo
que se mueva.
Exije respeto. Nadie puede sentarse en su parte del
sillón y reclama fielmente su parte de mis plantas. Yo creo que me
compró por ser tan marxista leninista de primera ola, y porque me
reclama que me ando aburguesando adelante de la computadora. Me araña la
pierna antes de subirse y después ronronea hasta quedarse dormido. El
dueño de casa, todo un caso. Se baña todos los días, solo para fijar un
standard. Me reclama modales, y se para en sus patas traseras para comer
carne de la mesada. ¡Es el Gran Hermano! No me deja solo. Me espera
cuando salgo, se me frota cuando llego, para el siempre es Domingo.
Duerme al sol, vaga por el departamento a la noche, tan bohemio, tan
urbano. Se sienta sobre la biblioteca y me observa leer, o escribir, y
me contesta, a cada pregunta que le hago. Yo lo entiendo, porque ya fui
gato y ya fui loco. Y el dueño de casa, casi siempre tiene razón.
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