Existe un gran número de mujeres solteras, un número interminable
parecido a Pi pero sin la coma, de mujeres para las que paso
desapercibido. Pero existe un grupo para el que soy más visible que una
mancha de tuco en una camisa blanca: las mujeres ajenas.
La primera
vez me pasó que en la parada del bus: dos ojos negros y brillantes me
comían la boca con la mirada, mientras entrelazaba los dedos con su
chico.
En el bar donde trabajo, son las mujeres casadas las que me dan sus números de teléfono.
Siempre
me pasa, siempre me doy cuenta. Y me encanta, aunque no haya más que
ese intercambio furtivo. De seguirlas al baño y mover las estanterías a
puro besos.
Me pregunto qué les resulta llamativo, qué les aburre, y
qué tipo de escape planean vivir conmigo. Esas sonrisas. Esas excusas de
"me olvidé los puchos" para volver y darte un beso monumental. Y son
tan ricos, son esos besos ajenos.
He llegado a comprender que las
mujeres ajenas no tienen dueño. Son libres, y ríen libres, aman libres, y
besan para el recuerdo; murmuran entre risas a mis orejas curiosas y
siempre me piden incordura, poco respeto, que me meta si puedo por sus
escotes a descubrir los pezones bizcos que aguardan el tacto de mi
índice y pulgar.
Yo que las había puesto en un pedestal, ¡y son humanas, feroces y furtivas!
Amor amoral, amante, amar, alarmar, alambrar y sembrar amor en campos de sal.
Nada va a crecer ahí. Pero las mujeres ajenas viene hacia mí, en curso de colisión, en otra acción muy natural.
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