lunes, 24 de noviembre de 2014

En dos ruedas

La verdad es que vuelvo a ser un nene cada vez que me pasa, y me pasa de seguido. A veces cuando tengo que hacer algo, o a veces por puro placer, me subo a la bicicleta. Empiezo a rodar las calles,  vuelo bajito, casi al ras del suelo, en mi bicicleta y todo se ve diferente. La cola de autos es interminable y llena de personas volviendo o yendo bajo el tic tac del metrónomo de la metrópolis, sin tiempo de más, sin tiempo de sobra, sin tiempo en general,  y yo paso entre ellos como un nene tirándose en un tobogán (levantando los brazos y todo). Esquivo uno, diez, cien, mil, pero voy en otra frecuencia, los motoqueros me miran sonreír, y no entienden nada!
Lo único que realmente lamento, es no poder escribir cuando estoy manejando. Todas las rimas, todas las frases inteligentes e ideas originales, vienen y van mientras cruzo Corrientes y Callao. Ni tiempo a anotarlas en el celular, ni de escribirlas en la duración de un semáforo. A lo sumo alguna palabra precursora pero nada es realmente suficiente. El disfrute es genial y nada me activa como la bici. Me muevo libre y corro como conejo en esta jungla de concreto, solo por mi bicicleta. Recorro media ciudad, y media más para volver, y vuelvo deseando no estar tan cansado, de que mis piernas no se sintieran tan cansadas, y que mi pelo sea menos una maraña.
Cuando llego, la dejo ahí, en el balcón, a la vista. Cocino y ceno y mientras como, como otras personas miran tele, yo miro mi bicicleta. Me acuerdo de los viajes, se me paran los pelos de los brazos, se me hace agua la boca, y me deja con ganas de que ya sea manaña para subirme devuelta. Para volver a ser nene. Porque me pasa de seguido, y es el vehículo de mi alma. No quiero motorizarme nunca: este amor no se apaga.

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