La verdad es que vuelvo a ser un nene cada vez que me pasa, y me pasa de
seguido. A veces cuando tengo que hacer algo, o a veces por puro
placer, me subo a la bicicleta. Empiezo a rodar las calles, vuelo
bajito, casi al ras del suelo, en mi bicicleta y todo se ve diferente.
La cola de autos es interminable y llena de personas volviendo o yendo
bajo el tic tac del metrónomo de la metrópolis, sin tiempo de más, sin
tiempo de sobra, sin tiempo en general, y yo paso entre ellos como un
nene tirándose en un tobogán (levantando los brazos y todo). Esquivo
uno, diez, cien, mil, pero voy en otra frecuencia, los motoqueros me
miran sonreír, y no entienden nada!
Lo único que realmente lamento,
es no poder escribir cuando estoy manejando. Todas las rimas, todas las
frases inteligentes e ideas originales, vienen y van mientras cruzo
Corrientes y Callao. Ni tiempo a anotarlas en el celular, ni de
escribirlas en la duración de un semáforo. A lo sumo alguna palabra
precursora pero nada es realmente suficiente. El disfrute es genial y
nada me activa como la bici. Me muevo libre y corro como conejo en esta
jungla de concreto, solo por mi bicicleta. Recorro media ciudad, y media
más para volver, y vuelvo deseando no estar tan cansado, de que mis
piernas no se sintieran tan cansadas, y que mi pelo sea menos una
maraña.
Cuando llego, la dejo ahí, en el balcón, a la vista. Cocino y
ceno y mientras como, como otras personas miran tele, yo miro mi
bicicleta. Me acuerdo de los viajes, se me paran los pelos de los
brazos, se me hace agua la boca, y me deja con ganas de que ya sea
manaña para subirme devuelta. Para volver a ser nene. Porque me pasa de
seguido, y es el vehículo de mi alma. No quiero motorizarme nunca: este
amor no se apaga.
No hay comentarios:
Publicar un comentario