Siete reinas tiradas de una cama. Siete ex-princesas, hoy recuerdos
marchitos de otras épocas sin líneas ni violencia, desparramadas como en
el Güernica sobre una cama; rosa, de amplios almohadones.
Cada
reina, cargando consigo su crucifijo de merca y su sostén tan papelero.
Reinas yonquis del mundo real, casi humanas, casi inhumanas. Casi
vestidas, o casi desnudas, ahora marchan a mi lado. Y bailan.
Me
desconocen en un giro, desconfían en un suspiro, me miran hasta con
hastío, y me tiran rayos desde los ojos rotos, casi partidos. Son siete
reinas, todas lindas. Son siete reinas todas perdidas, naufragando
amores a mares, nadando ríos de pena, buceando lagunas de deseo, y
arribando a costas de soledad casi perennes, y despojadas de sinceridad,
amalgamadas con paciencia fugaz y líos de historieta, para atraer a
jovatos, rockers inmortales, drugos espaciales y gauchos de arrabal,
muchachas de metal y algún que otro blues moderno. Para describirlas
faltarían cuadernos, porque las reinas son todas déspotas; y hoy
apuntaron contra ella, portadora del fuego, Mi Afrodita, que las puso en
desafuero, y se sintieron marchitas. Siete reinas descalzas, ahora
dirigen la dicha, y se aseguran que ella, no vuelva a la cita. La retan a
la reina que invito a esa maldita, y le reprochan como a podido
arruinar todo.
Todo vuelve a la normalidad, al ser el espejo
consultado, no hay nadie más bello a su lado, señor de las siete reinas,
dicen las reinas, la harpía ha volado.
Solo queda el relator, pero
siempre acompañado, quedan siete reinas vengativas, esperando a dar el
zarpazo y solo esta el relator, sabiendo de su fracaso.
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